El reino de Dios.

Los mártires como nos dice la eximia etimología son “testigos”. Con su sacrificio instruyeron a los demás. Según esto, podemos decir que Sócrates enseñó el valor de la integridad personal, de ser leal a lo mejor de uno mismo. Es ésta una lección que los filósofos, cuando quieren, son muy capaces de enseñar.

Pero existen otras especies de martirio y por lo tanto otras lecciones que explicitan, no tanto lo que el martirio es en sí mismo, cuanto la sociedad humana quiere que sea. Lo que busca no es un ideal personal sino un ideal social. Considera que el orden establecido es insensato o perverso y propone cambiarlo de modo trascendental.

Siempre aparecen propuestas de este carácter cuando la voluntad de una clase dominante se enfrenta con la de una mayoría de los súbditos. Empiezan a soñar, a especular y a planificar –posiblemente, también a actuar–. Sus sueños, sus planes y sus especulaciones son heréticos, en tanto que se oponen a la ideología reinante; y sus actos son, por supuesto, cismáticos, ya que tratan de destruir lo establecido y reconstruido. Así, cuando una sociedad es explotadora,[1] los ideales sociales serán, por fuerza más o menos heréticos y los disturbios traerán tras de sí el concepto de un reino de Dios.

En relación con los logros humanos, el reino de Dios ha sido relegado siempre a un futuro más o menos lejano, según la anticipación de cada profeta. Incluso cuando se considera que Dios reina ahora y que ha reinado siempre, es evidente que las perfecciones de su reinado no son inmediatamente accesibles para los hombres. Más bien debemos trabajar y esperar, en un estado de prueba; luego, quizá –pero sólo quizá– llegaremos.

La situación y el estilo de este reino de los cielos son imprecisos, y cada vez lo serán más. Existe claramente el sentimiento de que el reino (que debe haberse convertido en estos tiempos en una democracia) administra en cierto modo los asuntos públicos de orden moral, conciliando la felicidad con la virtud y el sufrimiento con el vicio. Pero nadie parece saber algo más sobre lo que pueden ser los premios y los castigos, cómo son administrados y a quiénes. Tal vez, dé lo mismo. Los hombres conocen bastante mal la manera de gobernar estos asuntos en sus propias sociedades.

Sin embargo, los primeros que usaron la expresión “reino de Dios” tenían ideas harto precisas. El reino había de tener un emplazamiento geográfico determinado: Palestina. Sus habitantes serían los hombres vivos de nacionalidad definida –literalmente, judíos–. Si bien el reino podía estar eventualmente formado por otros grupos que decidieran unirse a él. En cualquier caso, el reino sería una sociedad armoniosa de hombres probos; y si había clases en él, se tratarían unas a otras con gran honradez y delicadeza. Históricamente, este concepto sirvió como ideal para sucesivos movimientos de liberación nacional, movimientos que con frecuencia fueron derrotados, pero nunca, hasta el año 135 d. de C., desesperados ni destruidos.

Los hombres que concibieron este ideal vivieron en el extremo suroccidental del “semicírculo fértil”, este legendario arco de tierra que limita con el desierto de Arabia y se extiende desde Egipto hasta el Golfo Pérsico. Durante muchos siglos esta zona fue un camino de paso para los grandes poderes depredadores: Egipto, Asiria, Babilonia, Persia y Macedonia. Las tribus, como los hebreos, que se afincaron en la zona y se constituyeron en reinos, no sólo se empujaban unos a otros, sino que eran lo más apropiado para ser barridos por esos monstruos en su marcha. El autor del libro de Daniel, que escribió en el siglo ii a. de C., en el tiempo de la revuelta de los Macabeos contra Antíoco IV, describe un hecho que se había estado produciendo durante casi mil años:

“El rey (del Norte) hará su voluntad, se ensoberbecerá y engrandecerá por encima de cualquier dios, vanagloriándose terriblemente contra el Dios de los dioses; prosperará hasta que sea consumada la ira divina…

“Se procurará para sus baluartes soldados que adoran a un dios extranjero, concederá grandes honores a su favorita, y le hará gobernar sobre las multitudes, repartiendo entre ellas las tierras como soborno. Al final de su tiempo, el rey del Sur se enfrentará con él, pero el rey del Norte le atacará cual vendaval… Atacará también la hermosa tierra de Palestina y muchos miles de hombres perecerán… la tierra de Egipto no se librará, y se apoderará también de los tesoros de oro y plata de Egipto, Libia y Etiopía, por donde pasará. Mas nuevas de Oriente y del Norte le espantarán hasta hacerle retirarse con gran cólera para infligir sobre muchos la muerte y la destrucción, y colocará el pabellón real entre el Mediterráneo y la tan hermosa Colina Sagrada. Y así llegará a su fin, sin tener a nadie que le ayude”.[2]

Debemos fijarnos en el versículo 29, que dice: “…Hará que sus protegidos alcancen los más altos honores y les hará gobernar sobre las turbas, vendiéndoles tierras en calidad de regalo”. Ésta es la política que caracteriza a las grandes sociedades de explotación en sus relaciones con las pequeñas. Las primeras controlan a las segundas por el procedimiento de confirmar en el poder –en el seno de las pequeñas– a sus propias clases dominantes. Veremos que éste fue el fondo y la esencia de la dominación romana, pero venía ocurriendo desde mucho tiempo antes que ésta. Desde el momento que un poder extranjero era capaz de gobernar a través de los jefes del país dominado, la liberación nacional tenía insoslayablemente que arrebatar el poder a estos gobernantes. Por consiguiente, la liberación nacional implicaba una revolución social.

Los antiguos judíos conocieron y soportaron todas las variaciones posibles sobre este tema. A veces, sus ciudades fueron ocupadas o devastadas, a veces se les permitió mantenerlas en pie sin fortificaciones, a veces (cuando el poderoso extranjero, como Artajerjes, necesitaba defensas fronterizas) fueron amuralladas de nuevo; a veces el pueblo fue hecho cautivo, aunque el famoso cautiverio de Babilonia no fue severo en absoluto: a los cautivos no se les redujo a la esclavitud, sino que se les permitió vivir y enriquecerse como ciudadanos libres. Pero siempre estuvo presente la incurable sedición de la clase gobernante, sobre todo de los sacerdotes. Corrompieron las reformas una tras otra, hasta que el ultrajado profeta Ezequiel empezó a considerar la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor (597 a. de C.) como una buena cosa, la única buena cosa posible. “Te has prostituido” gritaba Ezequiel a Jerusalén,

“Te has prostituido con tus vecinos, los sensuales egipcios… Tan insaciable era tu lujuria que fuiste ramera con los asirios; y ni siquiera esto te dejó satisfecha. Repetiste tu prostitución de nuevo con Caldea, la tierra de los comerciantes; pero, hasta ésta te dejó insatisfecha”.[3]

En la tradición judaica, en líneas generales, los profetas son revolucionarios y los sacerdotes reaccionarios. Los sacerdotes, portavoces ideológicos de la clase dirigente, estaban en la administración cotidiana, tanto de los asuntos públicos como del comportamiento privado. Los profetas surgían de las clases sociales más bajas, principalmente del campesinado y ganaban prestigio mediante la elocuencia con que proclamaban los hechos sociales existentes y los valores morales inapelables.[4] A ellos debemos la intrépida e irradicable costumbre de protestar, que infunde vida a toda nuestra tradición cultural. No sabemos hasta dónde hubiéramos conseguido llegar si hubiésemos poseído solamente el análisis filosófico de los griegos, no contaminado por la pasión profética de los judíos. Pero, además, de esto, los profetas consiguieron por sí mismos ciertas victorias. La más importante fue la abolición, no del todo completa, del sacrificio humano. El Jahvéh originario (Jahu) había sido un dios de la lluvia, bastante “pagano”, en realidad, provisto de mujeres y adorado con ritos que incluían el sacrificio humano.[5]  Recordemos que, según la leyenda, Jephthah sacrificó de este modo a su hija, Abraham había decidido sacrificar a su hijo Isaac, y el sacerdote Samuel destrozó a Agag ante el Señor.[6] Era largo y penoso civilizar a una deidad en aquellos tiempos, y cada paso era un paso hacia la civilización del hombre.

El profeta más antiguo, cuyos escritos podemos suponer que poseemos, es Amos, el poeta campesino. Vio y denunció los crímenes de los explotadores –y algo que debió tener su utilidad y que ahora no disponemos–, puso su denuncia en labios del propio Jahvéh. “Oíd esto”, grita Amos, por medio de Jahvéh:

“…hombres que aplastáis a los humildes, / y oprimís a los pobres, / murmurando: «¿Cuándo acabará la luna nueva / para que vendamos nuestro trigo? / ¿Cuándo habrá pasado la semana, / para que nuestro grano sea vendido?» / (hacéis las medidas más pequeñas y los pesos amplios, / estafáis haciendo trampas con las balanzas) / y todo ello para comprar a la gente inocente, / para comprar a los necesitados por un par de zapatos, / para vender el auténtico desecho de vuestro grano…”[7]

Ni siquiera la caballerosidad limita su indignación. Las mujeres de los ricos, como todo el mundo podía ver, eran obesas y de aspecto bovino:

“Oíd esto, vacas de Bashan, / mujeres de la Alta Samaria, / que engañáis a los pobres y no os compadecéis de los necesitados, / que decís a vuestros maridos. «¡Vayamos a beber vino!» / Estoy seguro de que Dios, el Señor Eterno, jura / que se acerca vuestro día, / aquel en que seréis arrastradas con horcas, / y las últimas lo serán con anzuelos; / saldréis a través de las brechas de los muros, / todas de cabeza…”[8]

Los primeros profetas cantaron de este modo en un momento en que los grandes sacerdotes habían empezado a parecer intolerables. En Samuel I, 2, leemos que los hijos de Elí “eran criaturas depravadas”, que –cuando la gente iba a hacer ofrendas sobre el fuego– tomaban para sí la mejor parte de la carne. También se nos dice en Samuel I, 8, que los hijos de Samuel, “descarriados por el dinero, recibían sobornos y falsificaban la justicia”. Es ésta una tendencia propia de los oficiales, sean o no sacerdotes.

Por tanto, las dos series de acontecimientos continuaron paralelamente, los profetas denunciando la maldad y los sacerdotes cometiéndola, hasta unos cincuenta años antes de la caída de Nabucodonosor. Por entonces, una serie de invasiones de los asirios y los escitas había hecho tambalearse la comunidad y llegó un tiempo en que el pueblo pudo, por lo menos, relacionarse sin temor con la clase dirigente. La clase sacerdotal consiguió ponerse a salvo mediante un juicioso compromiso, aceptando dentro de la ley una buena parte del programa profético. Estas adiciones se encontrarán, sobre todo, en El Decálogo y en los preceptos (Éxodo, 22: 21?27) contra la usura y los malos tratos a los extranjeros, a las viudas y a los huérfanos.[9] “El Decálogo –dice Robertson– fue el gran aviso para dejar bajo el sometimiento de los profetas, durante los siglos vii y viii, a los gobernantes cuyos cultos a los dioses y diosas de la fertilidad, a quienes se rendían sacrificios humanos en gran cantidad, habían fracasado a todas luces en su misión de expulsar las desgracias del país”.[10]

Como de costumbre, el aviso permaneció ignorado y el viejo modelo de lucha doméstica, conquista por los poderes extranjeros, cautividad ocasional y renacimiento fortuito, duró hasta que el ejército y el gobierno romanos destruyeron al fin el Estado judío del mundo antiguo.

Supongo que el Imperio Romano fue en su tiempo el logro administrativo más notable de todos los acaecidos. Antes de su aparición, los imperios duraban apenas un siglo, algunos menos incluso. Por esto, los profetas podían predecir con certeza la caída de cada opresor; el pueblo judío podía mantener viva la esperanza de la liberación nacional y de la reforma social. La geografía, el juego de la política internacional y cierto endémico deseo de libertad, les convirtieron en el pueblo más difícil de gobernar entre los antiguos. La broma que proclama que el moderno Estado de Israel tiene un presidente que intenta gobernar a otros tres millones de presidentes, tiene una comprobación viva en el antiguo hecho histórico.

Un movimiento triunfante cargado de unas aspiraciones tan amplias como valiosas, necesitaría un dirigente adecuado para conducirlo al éxito. Un solo hombre podría bastar, siempre que fuese lo bastante eminente, y si lo conseguía pronto sería considerado como un hombre consagrado para su misión desde el principio. Sería el “Mesías”, “el ungido”. Un Dios justo y misericordioso, que pretendiese la salvación de su pueblo, proporcionaría, sin duda, un jefe de esta categoría a su debido tiempo y en el momento histórico preciso. Este dirigente, al haber liberado a la comunidad de la opresión extranjera y de la injusticia interior, sería considerado como salvador y redentor; y lo glorioso de su misión, coronado por la aureola inefable del éxito, haría ver que su naturaleza humana participó en todo momento de la naturaleza divina.

Así, hacia el final del siglo vi a. de C., cuando parecía que el Imperio Persa se precipitaba hacia la muerte, que ya                había devorado a Asiria y Babilonia, Isaías cantó un famoso himno de esperanza:

“Porque entre nosotros ha nacido un niño, nos es dado un hijo: y el gobierno estará sobre sus hombros: y será llamado Admirable, Consejero, El Dios poderoso, El Padre eterno, El Príncipe de la Paz. Y no habrá término para su gobierno y para su paz, sobre el trono de David, y sobre el reino, para disponerlo y establecerlo para siempre. El celo del Señor de los Ejércitos lo realizará”.[11]

El Imperio Persa sobrevivió hasta rendirse a Alejandro, cuya herencia se arruinó lentamente entre las luchas de las dinastías herederas y el creciente poder de Roma. El intermedio de los Macabeos, gran éxito revolucionario judío (168 a. de C.) pareció por algún tiempo abocado a la plena realización: “Él (Simón Macabeo) consiguió la paz en el país, e Israel lo celebró con gran gozo: y sentaron a cada hombre bajo su parra y su higuera; y nadie podía atemorizarlos”.[12] Pero, al cabo de setenta años, la conducta corrompida del sacerdocio hizo que reaparecieran las luchas sociales. Una serie de derrotas militares llevó a una guerra civil de seis años, al final de la cual, Alejandro Janeo, nieto de Simón, “crucificó a ochocientos fariseos y mató ante sus ojos a sus mujeres y a sus hijos”.[13]

Así, pues, el experimento de los Macabeos acabó en la ruina y en la desesperación. Un grupo de puritanos revolucionarios, los Esenas, transformaron en personal la redención nacional, se constituyó en hermandad que practicaba la propiedad común de los bienes. Sufrieron una persecución, durante la cual perdieron a un dirigente, cuyo retorno milagroso esperaban sin embargo, llenos de fe. En ellos, en una secta de los fariseos y en las solitarias multitudes trabajadoras, se mantuvo vivo el ardor revolucionario, nunca apagado completamente, a través de las vicisitudes de la guerra civil romana, de la Paz Augustea y de la expansión de Tiberio. Todos esperaban aún al Mesías predestinado, el hijo de David, al redentor y al juez que arrojaría de sus tronos a los poderosos y vengaría la terrible e interminable matanza de santos.

“Entonces, en Judea, en el reino de Tiberio, apareció un hombre de origen humilde, hijo de un carpintero, que por haber trabajado para salvar a su pueblo, se creyó de él, más tarde, que había salvado a la humanidad y que en vez de ser (como los Césares) un hombre encumbrado hasta ser dios, fue considerado como un dios rebajado a hombre”.

2

Existen historias tan encantadoras, tan perfectamente concordes con los deseos humanos, que su hermosura parece convencer de su verdad.

Al principio, uno las acepta, luego las rechaza; más tarde, cuando consigue una prudencia suficiente, permite que la fábula se desarrolle plenamente como fábula. No creo que pueda existir una fábula tan adorable como la del niño, el pesebre, la posada repleta de gente, los pastores atónitos, los reyes adoradores y el súbito canto de alabanza de una legión celeste. Si la humanidad tuviera que poseer un único redentor eficaz entre su progenie, uno piensa que no podría nacer de otro modo.

Pero las canciones no son ciencia y la poesía no es descripción literal. Sin embargo, el historiador, cuyo trabajo consiste en investigar lo que realmente ha ocurrido, debe guiarse no por metáforas, sino por probabilidades. Si reconoce una buena narración cuando la ve, también puede desear saber cuándo una historia es suficientemente buena para ser verdadera. De lo que he dicho en las páginas anteriores se deduce claramente que mi concepto de la historia no me autoriza a creer en personajes sobrenaturales, que dirijan el mundo o influyan en él de acuerdo con sus propias intenciones sobrenaturales. La idea que tiene la ortodoxia cristiana de la persona de Jesús me está, por consiguiente, vedada. He de considerarla como un poema, sublime en verdad, pero no como ciencia. Tengo que mirar al Jesús histórico sólo como hombre y no como dios, en el mismo exacto sentido en el que ustedes y yo somos sólo hombres y no dioses.

Me parece que este punto de vista es casi con certeza verdadero, pero no quiero insistir en que sea aceptado ni abrigo ningún entusiasmo porque la gente se convierta a él. Hay ahora demasiadas esperanzas y temores, demasiados esfuerzos en pro de la rectitud mezclados con este poema central, para que pueda yo obligar a ningún hombre a leer algo que considere repugnante.

Pero, tómese la narración como ciencia o como poesía, resulta evidente que el Jesús histórico, fue en aquel tiempo y lugar un hereje. Por ello, en este libro estoy obligado a establecer con los fundamentos necesarios para la argumentación, la especie de hereje que me parece que fue. Se me permitirá así decir que para mí el Jesús histórico fue el dirigente de un movimiento armado a favor de la liberación nacional. El movimiento, traicionado la víspera de la insurrección, fue aplastado y su conductor ejecutado. Estos acontecimientos se desarrollaron hacia el año 30 d. de C.; en cualquier caso, antes de que Poncio Pilato fuera reclamado por Roma en el año 36.

Me doy cuenta de que puede parecer alarmante y hasta horrendo pensar en Jesús como en un activista revolucionario. Sin embargo, hay en los Evangelios una evidencia clara para esta opinión, la más irrefutable de las evidencias ya que no puede ser sospechosa de imparcialidad, y por lo mismo, de hecho cabe considerarla como el relato de una tradición. Además, la opinión explicará ampliamente lo que hay de tendencioso en los Evangelios; y junto a esto, ayudará a explicar (y con ello yo no contaba al empezar el trabajo) por qué la teología cristiana es como es, y sobre todo por qué el Dios cristiano es y tiene que ser trinitario.

Según esto, me parece convincente este relato del Jesús histórico; es decir, me parece que tiene mayores probabilidades de ser cierta que cualquier otro de los relatos que conozco. Pero, al igual que los demás relatos, adolece en conjunto de ser menos probable de lo que el historiador pudiera pretender. Sabemos menos del Jesús histórico que del Sócrates histórico, por ejemplo. Tres escritores distintos –Platón en sus Diálogos, Jenofonte en las Memorables y Aristófanes en Las Nubes– nos han dejado noticias de Sócrates, que en todos ellos, sin lugar a dudas, es la misma persona. Pero los cuatro evangelistas (que en modo alguno son las personas que pretenden ser) no eran observadores independientes de la vida de un hombre. Fueron unos hombres que historiaron una tradición, en parte oral y en parte escrita, unos cuarenta a setenta años después de que ocurrieran los hechos que describían.[14] Esta recopilación fue hecha sin perder de vista la política del momento. Deseaban convencer al gobierno romano de que, fueran lo que fuesen los judíos, los cristianos no eran personas subversivas y de que el Maestro no había intentado que su reino fuera «De este mundo». Después de la inesperada persecución de Nerón, del año 64 d. de C., estuvieron más interesados todavía en llevar al gobierno de Roma a este convencimiento.

Es muy fácil advertir el tono pro?romano y anti?judío de los Evangelios, y en algunas partes de la narración –difíciles de creer– ese tono aparece de manera impresionante. Los discípulos eran retratados como imbéciles y cobardes: apenas entienden las sentencias del Maestro, huyen en el momento crítico de la detención y Pedro, su jefe, cuando le preguntan: “¿Eres o has sido alguna vez seguidor de Jesús?”, contesta: “No sé de qué me habláis”.[15] El procurador romano Pilato, un rudo imperialista, es descrito como humano y simpático para con Jesús, mientras los judíos piden a gritos su muerte; y se pretende que creamos que Pilato cuyo primer deber era aplastar la insurrección, estaba dispuesto, bajo la presión de los judíos, a liberar a un revolucionario prisionero, Barrabás, para que Jesús muriera.[16]

Merced a su mucha valentía, el pueblo judío había adquirido una buena fama de rebelde. Los primeros cristianos fueron una secta dentro de la Sinagoga, y los primeros misioneros cristianos eran judíos portadores de un especial mensaje. No deja de ser lógico que los oficiales romanos miraran al nuevo movimiento como subversivo en potencia. A causa de ello, los cristianos tuvieron que negar tal rebeldía, si bien nunca llegaron a convencer completamente a los romanos. Tal vez éstos conocieran mejor que nosotros sus orígenes y se dieran cuenta de que el mesianismo de Jesús no era sino la reaparición del mesianismo de Juan el Bautista y de Judas Macabeo, es decir, la liberación del país y el establecimiento de una comunidad ideal.

Permítasenos examinar la evidencia de esta opinión. Hemos dicho que los evangelistas dejaron huellas de hechos originales, casi como restos geológicos que ofrecen la posibilidad de ver cómo era la topografía remota. Veamos un ejemplo:

“Desde el advenimiento de Juan Bautista el reino de los Cielos ha estado siempre sometido a la violencia y asediado por hombres violentos”.[17]

Y otra vez, un pasaje Paralelo en Lucas:

“Hasta Juan había la ley y los Profetas; desde entonces, tenemos la buena nueva del reino de Dios, y todos se afanan por entrar en él”.[18]

Sorprende encontrar estos pasajes en narraciones que pretenden describir a un hombre con pretensiones no revolucionarias e intenciones que van más allá de este mundo. Si son metáforas y sólo quieren decir que hay que esforzarse mucho para entrar en el reino de Dios, son extraordinariamente hiperbólicas. Si son interposiciones tardías, habríamos de suponer (y esto parece contrario a toda evidencia) que las misiones apostólicas tuvieron, en cualquier caso, cierta intención revolucionaria. Lo que yo sospecho es que estos pasajes afirman un hecho que habían demostrado ya mil años de experiencia, literalmente, que la liberación del país exigía un esfuerzo armado y que sólo entonces podría alzarse “el reino de Dios”.

Es más, el evangelio de Lucas contiene un notabilísimo capítulo veintidós en el que, entre algunos pasajes que dan la impresión de haber sido introducidos más tarde para dar validez a la Eucaristía, se nos ofrece la descripción de una banda de revolucionarios, de una especie de comité ejecutivo o comandancia general, cenando juntos la víspera de la insurrección. El jefe proclama que ha sospechado, o que le han dicho que uno de ellos es confidente de la policía. La diminuta banda está atónita y horrorizada; el confidente sostiene sin vergüenza esta actitud. Surge una disputa sobre quienes han de ocupar los mejores puestos en el nuevo orden. El jefe hace notar que los revolucionarios honrados no buscan ventajas personales, sino que sólo están al servicio del conjunto de la comunidad.[19] Sin embargo, estos lugartenientes de la insurrección han de “comer y beber a mi mesa en mi reino y sentarse en tronos como jueces de las doce tribus de Israel”.[20]

Luego, súbitamente, el jefe dice:

“Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas y sin zapatos, ¿os faltó algo?” “Nada”, dijeron ellos. “Pues ahora el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja y el que la tiene venda su capa y compre espada. Porque, os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí lo que está escrito, «y fue contado entre todos los proscritos» y, en verdad os digo, que lo que está escrito de mí, cumplimiento tiene.” Entonces ellos dijeron: “Señor, aquí tenemos dos espadas”. “Basta”, contestó.[21]

¿No es verdad que esto suena a insurrección? Si realmente lo fue, la traición de Judas se hace inteligible por primera vez. En los Evangelios, su acto traidor consiste en el hecho de mostrar a los oficiales quién era Jesús. Pero ni ellos ni el Sanedrín necesitaban una ayuda de esta especie. En aquel tiempo, Jesús era una figura pública muy conocida, que había sido saludada a la entrada de la ciudad por una muchedumbre que vociferaba el grito revolucionario de Hosanna (“Libéranos”). Pero si Judas dio la voz de que la insurrección estaba a punto de estallar, esta noticia bien valía las treinta monedas de plata.

De dos pasajes que se refieren a Barrabás, cabe deducir finalmente que la insurrección estaba a la orden del día. Marcos dice (15, 7): “Sucedió que el hombre conocido como Barrabás estaba entonces encarcelado con los rebeldes que habían provocado muertes en un motín” (NEB). Lucas dice (23, 19): “Este hombre había sido encarcelado a consecuencia de un motín que había estallado en la ciudad y a causa, también, de una muerte” (NEB). Aquellos eran tiempos tumultuosos y sólo los ricos eran pro-romanos sin peligro.

Si el Jesús histórico fue un revolucionario, podemos apreciar con mayor facilidad el considerable conjunto de doctrina radical que contienen los Evangelios. La Regla de Oro basta por sí misma para proscribir la explotación, pero, junto a ella, hay cantidad de doctrinas que apuntan a un trastocamiento riguroso del orden social. Los últimos serán los primeros; los humildes poseerán la tierra… Por lo que se refiere al movimiento no puede haber “negocio habitual”; los cambistas son arrojados del Templo. Las clases superiores que colaboran con Roma son “sepulcros blanqueados llenos de huesos de hombres muertos.” Los legalistas “se incomodan por un mosquito y tragan un camello”.[22] Habiéndole hecho una pregunta de doble filo, a saber, si debía pagarse el Tributo Romano, Jesús pidió que le mostrasen la moneda corrientemente empleada en el pago. Uno de sus interlocutores mostró un denario y luego permaneció confuso y traicionado por sí mismo, ya que, ¿quién otro si no un hombre incluido en la soldada de los oficiales romanos podría disponer fácilmente de un denario?[23] Así redujo al silencio a quienes querían tenderle una trampa con un corte. “Dad al César lo que le pertenece y a la libertad de nuestro país lo que es suyo.”

Lo más impresionante de todo, en muchos aspectos, es el encuentro con el joven rico –al parecer un muchacho extraordinario, ya que Jesús se sintió inmediatamente atraído por él–. El joven, que había vivido sin pecar, deseaba saber qué se necesitaba, además, para la vida eterna. “Vende todo lo que posees –dice Jesús– y únete al movimiento”. Mas, el elegante joven, como muchos otros desde entonces, no puede quebrantar la lealtad de su clase, no puede abandonar la seguridad por un incierto, aunque valeroso, esfuerzo en favor de la reforma social. Se aleja tristemente y Jesús hace notar que a los ricos les será siempre muy difícil introducirse en la comunidad ideal: “Es más fácil para un camello pasar por un portillo estrecho”.[24]

Al oír esto, los discípulos, abriendo desmesuradamente los ojos, según la expresión tan cara a los evangelistas, exclaman: “Bien, si los ricos no pueden salvarse, ¿quién se salvará?” A lo que Jesús contesta: “La verdad es que nadie puede hacerlo por sí mismo; pero si seguís el rumbo de la historia, todas las cosas resultarán posibles”.

Esta generalización tan precisa les anonada durante largo tiempo. Mientras tanto, los discípulos, al recordar todo lo que ellos mismos han abandonado, empiezan a preocuparse por las recompensas futuras. Según Marcos, la respuesta es:

“En verdad os digo, que no hay ninguno que haya dejado casas o hermanos, o hermanas, o padre o madre, o mujer o hijos o heredades, por causa mía y del Evangelio, que no reciba en esta edad cien veces más –casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierra– además de persecuciones; y en este siglo venidero, la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros y los postreros primeros…”[25]

¡En esta edad! Todas las recompensas no son transcendentales ni deben esperar a otro nuevo orden de existencia. Al menos algunas de ellas se habían de gozar en el mismo tiempo histórico en que estaban luchando. Estos deseos consistían en prosperidad económica (“casas” y “tierras”) y en una hermandad más extensa e íntima. Si el propósito del Maestro fue la liberación nacional, ¿debemos suponer que fue un dirigente con talento y un buen juez del momento histórico? Volviendo atrás la mirada, sobre la larga vida y la maciza estabilidad del Imperio Romano, podríamos pensar que se equivocaba terriblemente en sus cálculos. Pero no es cierto. Palestina se hallaba en el límite del Imperio. Era posible pensar razonablemente que un gran movimiento popular, conducido con pasión e inteligencia, podía ser capaz de romper este límite por la fuerza de las armas y establecer un Estado independiente. Por aquellos años otros muchos pensaban lo mismo. No otra había sido la idea del Bautista y acaso también la de Barrabás.

Tampoco pienso que Jesús se equivocara con su “comandancia general” de discípulos. Su supuesta imbecilidad era una ficción increíble. Sabían perfectamente lo que era el movimiento y cuando hubo fracasado y fue evidente que empresas semejantes no eran posibles, preservaron y defendieron lo que pudieron de él: las grandiosas doctrinas éticas, los atrevidos ideales sociales…

Y, ciertamente, esta tarea fue tan bien realizada que el Cristianismo conserva aún en el siglo xx su ardor revolucionario, sin que lo puedan extinguir todos los comentarios de todos los teólogos.

Por último, no cabe duda de que el movimiento se había ganado al pueblo. Para demostrarlo dejamos la palabra a los sacerdotes: dijeron a Pilato que “sus enseñanzas causan disturbios entre el pueblo en toda Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta esta ciudad.”[26] Desde luego, hay razones para pensar que los romanos y sus colaboradores lucharon en el último momento y que una mayor dilación hubiera sido peligrosa. Pues Jesús había comprendido la ley de tales movimientos, a saber, que el pueblo debe ser enseñado sobre sus propios intereses sociales y después organizarlo para conseguirlos. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”

La carga del mando es pesada, incluso en medio de la esperanza. Jesús, al hacer acopio de valor en el huerto de Getsemaní, deseó lo que desea todo verdadero jefe, que bien pudiera no haber sido él el llamado a mandar, sin dejar de saber que la misión era suya, con todos sus riesgos. Sin embargo, esto acaecía un momento antes de la catástrofe. Llegaron los oficiales, con soldados y un tropel de gente y le detuvieron. Entonces se desarrolló la secuencia bien conocida: los juicios innobles, las preguntas insultantes, recibidas con silencio o con ironía, la flagelación, las insignias escarnecedoras, la corona de espinas, la cruz, que en aquel momento se encontraba demasiado débil para arrastrar, y al final la horrorosa muerte. Cuando estaba allí colgado, viendo a los opresores dispuestos a mantener la opresión, exclamó: “¡Padre!, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

En su camino hacia allí, hubo un momento en que se dio cuenta por primera vez de que todo había acabado, que el movimiento, tan verde de promesas, se había arruinado. Si él fracasó así, ¿quién lo conseguiría? Descansó un momento en la lúgubre marcha y dijo: “Si pueden hacer esto con la leña verde, ¿qué harán cuando esté seca?”[27]

Fue crucificado bajo una inscripción que proclamaba: Éste es el rey de los judíos. La frase era satírica, pero no equivocada: eso era, precisamente, lo que quiso ser. Y porque lo quiso y quizás incluso porque fracasó en su intento, sigue siendo hasta hoy el inspirador de la revolución, el heraldo de la hermandad humana, el inmortal del reino de Dios.

3

Así acababa un episodio que cambió el mundo. Pilato, bastante inconsciente de lo que no era habitual, se ocupó de otros asuntos y su mujer de otros sueños. El Sanedrín acentuó su vigilancia contra posteriores insurrecciones. Los discípulos, que sobrevivieron a la derrota, rehicieron su unidad en tanto que secta en el seno de la Sinagoga y esperaron confiados el retorno milagroso de su jefe. Se recordaron mutuamente todo lo que él había dicho; aquellos conocimientos preternaturales, aquellas asombrosas profundidades, cómo consiguió hacer más aguda la propia sabiduría de los profetas, cómo pudo hacer una historia que, como aquella de los puercos de Gergesenas, sugiriese la lección de que los puercos romanos deben ser arrojados al mar.[28]

De repente, hacia el año 35 d. de C., en una cultura completamente distinta y bajo cielos muy diferentes, sucedió un acontecimiento psicoterapéutico cuyos últimos ecos no se han escuchado aún.

Cierto judío de la Diáspora, llamado Pablo, halló inesperado consuelo a la tensión emocional; pensó que el Mesías crucificado había sido la causa de ello; sospechó (muy acertadamente) que otras personas necesitaban un consuelo semejante y emprendió la tarea de proporcionárselo. No había aprobado, sino que se había opuesto al esfuerzo por la liberación nacional, quizá porque comprendió que era políticamente imposible. Pero un espectáculo tan puro de bondad y de sacrificio impregnó esta oposición suya de un sentimiento de culpa intolerable. En cualquier caso, él era propenso a estos sentimientos y ahora la provocación era enorme. Lavaría la culpa de su oposición entregándose al movimiento, y lo volvería a dirigir hacia el éxito. Imaginó que muy probablemente ésta habría sido desde siempre su misión.[29]

Este hombre singular era mucho menos atractivo que el supuesto Fundador, del cual (según parece) apenas supo algo. No obstante, con gran riesgo de su vida y de la de sus miembros, estableció en todo el Imperio Romano un movimiento que fortuitamente dominó al propio Imperio y luego a los hunos, a los godos, a los vándalos y a todos los demás invasores bárbaros del Oeste. “No os dais cuenta de que vamos a juzgar a los ángeles –decía Pablo a los Corintios–, cuanto más juzgaremos los simples asuntos de negocios”[30] Y así se ha probado; si bien, por supuesto, no estaba previendo un resultado histórico tan vasto.

¿Cuál era, pues, esta organización en la que Pablo estaba implicado, y cuáles eran sus biotiká, sus “asuntos de negocios”? Pues bien, eran muy diferentes de todo lo que el Fundador había pensado. La intención del Fundador, si hemos conseguido identificarla correctamente, fue la de establecer en Palestina un Estado judío libre, utópico, y por esta causa había muerto. Pero Pablo era un judío helenizado, nacido –según se dice en Tarso de Cilicia–, de una familia de fabricantes de tiendas, que tal vez era proveedora de la Intendencia romana. Por lo tanto, en su formación cultural había tanto de helenismo como de judaísmo y bastante más del primero en su pensamiento. Verdaderamente, la atmósfera intelectual de las Cartas de Pablo es sorprendentemente diferente de las de los Evangelios, y lo es en la medida en que la cultura griega difiere de la judía. Rabbi Sadmuel sugiere, muy aceptablemente, que los judíos de la Diáspora eran a los palestinos lo que los judíos de Estados Unidos son hoy en relación con sus antecesores inmigrantes.[31] Existe una tradición común pero muy modificada por el nuevo y vasto ambiente. Por más que pueda desearse otra cosa, ocurrirá inevitablemente esto, ya que es necesario resolver los problemas en el lugar donde se vive y en las circunstancias que allí se dan.

Y Pablo tenía problemas –fundamentalmente psicológicos– que, con admirable astucia, había analizado hasta su raíz. Conoció, con agudeza y lucidez, la desesperada lucha interior que todos conocemos entre conciencia y deseo. La universalidad de esta lucha, su presencia en toda persona normal, proporcionó el fundamento para los triunfos evangélicos de la Cristiandad y colocó a este movimiento (pues no era otra cosa) fuera del poder que el gobierno podía tener para suprimirlo.

Esta notable circunstancia nos permite ver, a escala muy amplia, la interferencia de los problemas personales con los problemas sociales y muestra que cualquier solución alcanzada para unos puede tener efectos interesantes en los otros. Hablando en términos generales, la gente resuelve los problemas que puede bajo determinadas circunstancias. Si fracasa un movimiento en pro de la reforma social, si durante cierto tiempo no parece viable resolver los problemas mediante una reconstrucción de la sociedad, se vuelve la atención hacia los problemas psicológicos que la misma injusticia social ha hecho más agudos. La maldad subyacente en las relaciones públicas hace más dura la vida para todos, especialmente en lo que se refiere al comportamiento honesto.

Ahora bien, el problema con que se enfrentaba el Imperio Romano era el mantenimiento de la esclavitud. Había heredado esta tara nada gloriosa de sus rivales y predecesores, que un día fueron formidables, pero que se derrumbaron por su propia incapacidad para resolver el problema. El Imperio Macedonio, que había destruido con idéntica finalidad la independencia de las ciudades?Estado griegas y la dominación persa, había ofrecido la solución previa más impresionante. Pero el control de Macedonia no fue suficientemente amplio. La solución era edificar una vasta organización de todo el mundo mediterráneo. Mientras unos, los grandes saqueadores, se dedicaban a la guerra, los otros, las víctimas de los saqueos, tenían la oportunidad de hallar algún aliado.

El Imperio Romano, desde su fundación por Augusto hasta su asalto por Alarico –un período de cuatrocientos años– se parece a un estómago enorme y poderoso empeñado en la asimilación de material indigesto. Hay que reconocer que hubo épocas de calma, y Gibson no se equivoca, quizá, cuando admira la seguridad aparente de la Era Antonina. Pero la esclavitud, indigesta de suyo, producía otros desórdenes. El trabajo esclavo abarataba el trabajo de los hombres libres; arrojaba a los campesinos de sus granjas y a los artesanos de sus tiendas. Multitudes flotantes de hombres “libres” –que no podían ejercer un oficio ni siquiera entrar en el ejército– se apiñaban a lo largo y a lo ancho del Imperio, o se congregaban en las ciudades donde (según la descripción que Tácito hace de Roma, “de todas partes se dan cita y se practican todo el horror y toda la vergüenza imaginables”).[32] Las supersticiones más grandes, los más devastadores vicios, un mar de violencia y de lujuria lo ahogaba todo; con tales cosas tenían trato diario estos hombres. Y acaso fuera peor que el peligro de la muerte –nunca ausente– la dificultad o (como frecuentemente debe haber parecido) la imposibilidad de ser humanos.

Un edificio tan majestuoso, asentado sobre una base tan insana, pedía a gritos su rehabilitación. Pero pasaron los años y las décadas y todo seguía igual. De vez en cuando, el paisaje se ponía repugnante con los cadáveres de los rebeldes y de los esclavos crucificados, las legiones avanzaban, asesinaban y eran asesinadas, y en las provincias sometidas las clases dirigentes continuaban intrigando con el Imperio Romano. Los acontecimientos diferían y volvían a diferir el retorno triunfante del Mesías, hasta que al final este desenlace cambió hacia una categoría de fenómenos muy distinta. Mientras tanto, manteníanse la más absoluta desesperación y la vida indecente. Se imponía hacer algo contra este estado de cosas, y si no era posible cambiar las condiciones, tal vez uno podía cambiarse a sí mismo.

Hacia el año 35, los problemas personales de Pablo alcanzaron –o a él le pareció que alcanzaban– una súbita solución. Había oído hablar (nadie sabe cómo ni en qué forma)[33] de la crucifixión de Jesús, de su subsiguiente resurrección y de un esperado retorno. Esto fue todo lo que Pablo supo, o al menos se ocupó de saber, sobre el asunto; en las partes auténticamente paulinas de las Epístolas hay una única referencia a alguna de las existencias atribuidas a Jesús.[34] Pablo creía muy poco en la reforma social y aún menos en la revolución social. Es posible que su perspicacia política le dijese que tales cosas eran irrealizables. Su primer sentimiento sobre los cristianos de Jerusalén era el de que eran una secta de visionarios y por ello peligrosos. Nunca, a lo largo de su vida, llegaron a gustarle.

Pero la noticia de un Mesías crucificado y resucitado era realmente sorprendente. Supongamos que había que leer el acontecimiento de un modo alegórico, como se hacía con gran parte de la doctrina hebrea. Supongamos que lo que había ocurrido no era la ejecución de un rebelde, sino un asombroso acontecimiento cósmico, en el que el logos, principio rector del universo, tomó forma humana, sufrió aflicciones humanas y, saliendo de todas ellas sin menoscabo, estableció la certeza de que el pecado y la muerte, los destructores finales, también están sujetos a la destrucción. Si uno podía suponer cosa tan maravillosa, podría hacer la inferencia, medio empírica, medio mística, de que el trabajo esencial para la salvación estaba ya hecho y que lo que se pedía a los hombres no era una actividad política, sino una acción en la creencia.

Esta singular idea ha sido tan combatida por el radicalismo burgués o por lo que la Iglesia Romana llama “secularismo”, que los intelectuales de nuestros días no pueden imaginar cómo alguien ha podido pensar tales cosas. Rechazan el concepto en su totalidad, sin darse cuenta de que en este rechazo ellos mismos se muestran tan olvidadizos de la naturaleza y presencia de la poesía como cualquier verdadero creyente. La teología paulina, en la medida en que podemos reconstruirla desde las Epístolas, es un drama concebido con magnificencia digna de Esquilo. Describe, no de un modo realista, sino imaginativamente, que los gobernantes deben seguir ocupando sus puestos mientras la riqueza y el poder de unos pocos tengan su origen en la pobreza e impotencia de una mayoría.

El drama paulino rompe algunas reglas del buen teatro, y en este sentido es más eficaz todavía. El desenlace llegó y desapareció antes de que empezara la representación. Algo esencial, que había ocurrido ya, estaba reservado para lo que los dramaturgos llaman “desenlace”. Cristo ha muerto y resucitado, el sacrificio se ha consumado, los medios de reconciliación están ya asegurados. Nos disponemos a gozar de la “catarsis” que tiene su origen en un drama anterior. En consecuencia, Pablo trata de hacer ver que la catarsis dramática es algo más complicado de lo que suponía Aristóteles. Es un drama –si bien un drama menor– por sí mismo.

Una vez realizados, los acontecimientos previstos en el desenlace revelan simbólicamente el hecho de que dondequiera que el orden social sea perverso, los hombres no conseguirán grandes beneficios sin el sacrificio de los más notables y mejores de ellos. Mas, estos sacrificios no son vanos: determinan la marcha de la historia hacia una comunidad perfecta. Además, ayudan al hombre a adaptarse a las circunstancias presentes, por más inflexibles y difíciles que puedan ser. Le hacen aprender la nobleza de las razones, la firmeza del carácter y un amor primario hacia los desheredados. Le hacen capaz de remplazar los deseos carnales de poder, de riqueza, de cópula con dulces apetitos (no menos carnales, diría yo) por el dominio de sí mismo, autosuficiencia y un amor humanizado por el respeto. En pocas palabras, le “reconcilian” con el mundo al ayudarle a vivir en él con decencia; redimen sus faltas, adormeciéndolas; y le hacen estar seguro de su propio valor al ponerle en relación con valores que están por encima de todo prejuicio y toda duda.

Las sociedades desorganizadas rezuman pesimismo como si de una niebla se tratara, y la niebla oculta las verdades, entre las que más de una es una verdad sofisticada. Sin embargo, son evidentes para no pocos entre el vulgo, cuya experiencia vital, interpretada sagazmente, proporciona su verificación. Con frecuencia los sofisticados son paniaguados del poder; por eso, puede suceder que la sofisticación se fundamente en encontrar excusas valiosas para el servilismo. Parece posible que Pablo pensara en el hecho cuando decía en un lenguaje tan métrico que el iletrado podía aprender de memoria.

“Para avergonzar a los sabios / escogió Dios lo necio del mundo / y para avergonzar a los fuertes / Dios escogió lo flaco del mundo.”[35]

Esta perspicacia sostuvo a Pablo en sus disputas con sabihondos y pedantes. Todo renovador ideológico los encuentra y tiene que soportar su desprecio. Por ejemplo, si los hechos son veraces, había algunos intelectuales que se burlaban en Atenas.[36] Estaban los emisarios de los cristianos de Jerusalén, que seguían sus huellas, desbaratando su trabajo organizativo mediante la imposición de prohibiciones domésticas y de la circuncisión. Puesto que ambos asuntos carecían de importancia y al mismo tiempo representaban sendos obstáculos para el reclutamiento, Pablo experimentó una cólera de organizador contra la pedantería. En el gran debate sobre la circuncisión, acabó exclamando: “¡Me gustaría que siguieran adelante y que lo cortaran entero!”[37] Y es que el núcleo de la ideología paulina era sencillo y carente de pedantería; sostenía únicamente aquellas verdades que podía sugerir el drama de “Cristo crucificado”. Sin duda, era esta nueva y peculiar dramatización, “piedra de escándalo para los judíos e insensatez para los griegos”;[38] pero los que comprendieron realmente, ya fueran judíos o griegos, fueron cada vez más conscientes de poseer una sabiduría altamente eficaz.

En el capítulo siete de la Epístola a los Romanos, Pablo presenta su propia lucha interior como un caso típico:

“Sabemos que la ley es espiritual; pero yo no; soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Ni siquiera reconozco mis propias acciones, porque no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco… Descubro este principio: cuando quiero hacer el bien sólo soy capaz del mal. De acuerdo con mi yo íntimo, me complazco en la ley de Dios, pero sospecho que se oculta otra ley en mis sentidos corporales, que lucha contra lo que mi razón aprueba…”[39]

Piensa que posee el anhelo de rectitud, mas no la fuerza de realizarla; algo que no es él mismo –poder del deseo o coacción– interviene para corromper la decisión. Esta experiencia, a la vez amarga y cósmica, es patrimonio de todos nosotros. Trescientos años después de Pablo, el gran Agustín exclamará en sus Confesiones: “¡Oh, Dios, hazme castor, pero aún no!”

A través de esta inconsciente autocrítica reconocemos nuestra humanidad. La conciencia se convierte en un adversario, cuyas órdenes tratamos de soslayar con pérfida agudeza. Para Pablo, como supongo que para muchos otros pertenecientes a la tradición judaica, la conciencia reviste una manifestación pública en la Ley, el código de Israel. Pablo estaba tan convencido de esto que deseaba compartir la creencia –común entre los pueblos antiguos– de que nada es malo mientras una autoridad no haya declarado que lo es: “donde no hay ley, no puede darse infracción de la ley”.[40] Esta ingenua noción, que ni siquiera alcanza a explicar la vida moral, es no obstante psicología elemental.

El problema psicoterapéutico consiste en cómo resolver la tensión entre deseo y conciencia o como diría Pablo, entre deseo y Ley. Hasta este momento, a la tradición le bastaba con la simple obediencia: se era un hombre bueno si se hacía lo que la Ley pedía. La astucia de Pablo reside en advertir que se podía ser un hombre mucho mejor situándose por encima de esa tensión, cumpliendo la obligación con gusto, y (por decirlo así) con naturalidad, sin necesidad de las amenazas de la Ley.  Precisamente, ésta había sido la idea de Aristóteles sobre el hombre virtuoso,[41] pero creo que Pablo fue el primero en asentarlo sobre una psicología más rigurosa.

Así, pues, Pablo intentó elevar la vida moral (especialmente entre la gente común) hasta un nuevo nivel, introducir cierta comedidad en la rectitud y una familiaridad en la virtud –en definitiva, hacer atractivas cantidad de cosas que sus queridos descendientes, los protestantes han olvidado en gran medida. La gente vulgar del Imperio Romano, y también algunos de sus superiores, recibieron con parabienes esta nueva iluminación por lo que representaba en sí misma. Estaban deseosos de “nacer de nuevo”, de arreglar las cuentas con sus conciencias, de posponer el paraíso a cualquier otro orden de existencia posible y, mientras tanto, vivían decentemente en relaciones amistosas mutuas.

Estaban cansados de pecar y de las melancolías del delito. Sabían muy bien que las satisfacciones del deseo, breves y casuales, sin interés para efectos afines, desmoralizaban al agente más de lo que le complacían. Y de este modo, cuando Pablo dio a los corintios su curiosa lista de malhechores –idólatras, adúlteros, homosexuales, ladrones, alcohólicos y maldicientes comunes–[42] estaban ya preparados para considerar que tales personas no eran aptas para ninguna comunidad ideal. “Algunos de vosotros”, siguió diciendo Pablo, aguijoneando sus memorias allí donde el aguijón hiere, “algunos de vosotros fueron como ellos tiempo ha, pero os habéis limpiado”. Con gran devoción, deseaban que fuera así.

Estos modelos de comportamiento, así especificados, son en nuestros días el material cotidiano de los psiquiatras. Supongo que estos “físicos del alma” desaprobarían parte de la doctrina de Pablo –por ejemplo, su preferencia por el celibato.[43] Pero Pablo es, de hecho, más favorable a los deseos humanos de lo que nos autoriza a suponer el clero. Admitiría gustoso que todo el mundo necesita una satisfacción. Si uno no se siente a gusto en la vida célibe, “es mejor estar casado que consumirse en un deseo vano”.[44] Y, si hay matrimonio, “no os neguéis el uno al otro, excepto si acordáis una abstinencia temporal para dedicaros a la oración; después podéis volveros a unir de nuevo”.[45]

Pablo es, asimismo, poco estricto con las leyes alimenticias, sobre la carne ofrecida a los ídolos, sobre la circuncisión o la ausencia de ésta.[46] Parte de ello procede del sentido terapéutico con miras a que el paciente se sienta agradablemente, pero imagino que la parte más importante tiene su origen en su genio de organizador. Eliminó de las tradiciones griegas y judía todo lo que podía desanimar la incorporación de la gente –intelectualidad de tono elevado de la griega, y “tabús” legales de la judía–. Redujo al mínimo la ideología necesaria y la enriqueció con un encanto casi irresistible. Dios (o el Logos) había organizado el mundo de tal manera que uno podía ser liberado de la desmoralización y de la muerte. Esto era todo lo que había que aceptar como doctrina para hacerse cristiano.

Para que creer fuera más fácil todavía (como si la idea no fuese ya cautivadora) Pablo proporcionó algunas imágenes más mediante las cuales la doctrina se hiciera más asequible. Por ejemplo, era posible considerar a Cristo como un segundo Adán que había redimido el pecado del primero, o se podía pensar que el Logos nos había adoptado, como un padre que prohijara a un huérfano, al igual que se decía que Cristo había sido también adoptado; quizá lo mejor de todo es que se podía pensar que al entrar en la comunidad cristiana uno se convertía, de manera mística pero convincente, en una parte del mismo Cristo.[47]

El resultado en los varios grupos fundados por Pablo es evidente. Sus costumbres, sus extravíos y su afectada confraternidad pueden leerse en los capítulos once a catorce de la Epístola I a los Corintios. Es una descripción conmovedora y deliciosa. Había allí un pequeño grupo de conversos, la mayor parte de bajo pueblo, pero con algunos hombres de clase elevada entre ellos, asentados en la ciudad más voluptuosa de la época, que trataban de encontrarse satisfechos de modo consciente y observar la máxima del fundador, “hagamos todo decentemente y en orden”.[48]

No era fácil. Habían aportado al movimiento toda clase de ideas, de habilidades y de preferencias. A algunos les gustaba “hablar en sus lenguas”, a otros revelar profecías y a aquéllos solamente predicar. Desde el momento en que todos participaban se discutía mucho sobre la validez de estas modalidades. Pero, ¿qué decía el organizador? Decía que todos sus variados talentos eran útiles sin excepción, que sus diferencias no necesitaban llevar la ruptura, sino más bien confirmaban su unidad:

“Hay variedades de dones, / pero el espíritu es el mismo. / Hay servicios variables, / pero un solo Señor”.[49]

Pablo era lo más opuesto a un sectario. Es una de las muchas lecciones que sus seguidores han olvidado.

Los domingos los miembros hacían una comida en común, que servía para celebrar su fraternidad y también para alimentar a los hermanos más pobres. Se trataba de una auténtica comida, no del actual rito eucarístico, y a veces los comensales devoraban su alimento. “Si estáis tan hambrientos”, amonestaba el astuto organizador, “podéis comer en casa; mientras tanto, tratad de mostrar mejores modales” [50] Había también corrillos[51] y diferencias ideológicas, referidas fundamentalmente a lo esencial de la doctrina de la resurrección.[52]

Los griegos solían ser lo bastante materialistas para dudar de la doctrina, y convertidos prematuramente, debían haber conservado sus dudas. Pablo no podía demostrarlo realmente, pero empleó en el afán una de las prosas más elocuentes que se hayan escrito nunca. La Versión Autorizada, le hace verdaderamente justicia:

“He aquí que os anuncio un misterio: En verdad, todos no dormiremos, mas todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, con la trompeta final; porque sonará la trompeta y se alzarán los muertos incorruptibles y todos seremos transformados. Porque es menester que lo corruptible sea vestido de incorrupción y que lo mortal se vista de inmortalidad. Y cuando lo incorruptible fuere vestido de incorrupción y lo mortal vestido de inmortalidad, entonces habremos coronado el camino para que se cumpla la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con la victoria. ¿Dónde está, ¡Oh, Muerte, tu aguijón!? ¿Dónde, ¡Oh, sepulcro, tu victoria!?[53]

Las dudas se quebraban con la llama de esta retórica, y todavía hoy es necesario hacer cierto esfuerzo para no ser consumido por ella. Pero, lo más grandioso era el hecho de la fraternidad, la dulce comunión inefable que se verifica bajo el nombre de ágape. Se podía tener el don de lenguas, o de profecía, se podían entender los misterios y las ciencias, se podía uno empobrecer para alimentar al pobre o martirizarse para salvar a los demás hermanos, pero todo el mundo sabía que si no se poseía también el “ágape” (amor, caridad y camaradería), y si el “ágape” no era el motivo para todas las otras maravillas, entonces se era algo inútil, una nada. Ya que se había aprendido que el amor es paciente y amable, libre de la envidia o de la jactancia, feliz cuando encuentra la bondad, no dispuesto a pensar mal, siempre ilusionado y a la espera de lo mejor. A través de torpezas y faltas de madurez se había hecho cada vez más evidente que la gente necesitaba para su propia salud, cierta esperanza en futuros beneficios y cierta alegría íntima de cada uno con los demás. Y nadie ignoraba cuál era la más importante de estas cosas. Tales eran las gentes que, en el año 64 d. de C. (dice Tácito), se consideraban culpables “no tanto por pegar fuego a la ciudad cuanto por odiar a la raza humana”.[54] No era la primera vez, ni ha sido la última, que un grupo de gentes sufre la adscripción a opiniones radicalmente opuestas a las que sostienen. Pero, por aquellos días, los cristianos eran una reducida minoría, un blanco indefenso. Nerón no tuvo problema para hacerles responsables del incendio provocado por él mismo. Y nadie pudo adivinar –y menos que nadie, el lunático imperial– la fuerza con que estaba creciendo la caridad que no se busca a sí misma, la caridad que se puede provocar fácilmente.

Pablo murió, según se cree, en el baño de sangre ordenado por Nerón, decapitado. Legó al mundo una herejía que se convirtió en ortodoxa, una psicología que llegó a ser ciencia, unas sociedades dispersas que habían de ser una iglesia y una iglesia que se convertiría en un imperio. Ha sido una herencia notable, pero no podemos decir que haya sido el reino de Dios.


[1] Es decir, sociedades en las que una clase se apropia, sin compensación plena, los valores económicos creados por otra clase.

[2] Daniel II: 36-45. La traducción es de James Moffat, La Santa Biblia (Nueva York, Harper and Brothers, 1926), pág. 970. Acontecimientos como los que se describen habían sucedido ya a los asirios y a los babilonios, y amenazaban por aquel tiempo a la dinastía Seleucida.

[3] Ezequiel, 16: 26,29 Moffat.

[4] «Profetizar» significa, originalmente, «anunciar» y no necesariamente «predecir el futuro».

[5] Vid. Archibald Robertson, The Origins of Christianity (Nueva York, International Publishers, 1954), pág. 21. Debo mucho a este libro maravillosamente convincente, y se pondrá de manifiesto en las páginas que siguen. Robertson, que murió en 1961. era hijo de un obispo de Exeter y había hecho su carrera en el Almirantazgo. Por consiguiente, era un aficionado al tema más que un profesional. Esto presenta ventajas, ya que lo seductor de su punto de vista se mantiene únicamente sobre la fuerza lógica de la argumentación.

[6] Estos episodios aparecen, respectivamente, en Jueces,  II: 31?40; Génesis, 22: 1-19,  y Samuel, 15: 32?33. La cita procede de la Versión Autorizada. El tercer episodio es muy conmovedor. Saul ha derrotado en la batalla a Agag, pero le ha perdonado la vida. El sacerdote Samuel hace entonces a Saul una lectura típica de clase dirigente sobre la necesidad del castigo. «La rebelión –le dice (en la traducción de Moffat)–, es tan perversa como el pecado de adivinación (entiéndase que compite con la casta sacerdotal), y la obstinación es tan mala como la iniquidad de los ídolos.» Con esto Samuel ordena la ejecución de Agag. «Agag se le acercó con paso vacilante» (en V. A. se dice que llegó «delicadamente». «Morir es una cosa amarga», dijo Agag. Pero Samuel replicó: «Del mismo modo que tu espada ha llevado la congoja a otras mujeres, así tu madre será acongojada amargamente; y Samuel despedazó a Agag ante el Dios Eterno, en Gilgal.

[7] Amos, 8: 4?6. Moffat.

[8] Amos, 4: 1?3. Moffat.

[9] «No debéis herir ni maltratar a un extranjero entre vosotros, ya que vosotros mismos fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto. No primáis a las viudas ni a los huérfanos… Si prestáis dinero a un hombre pobre de mi pueblo, no le tratéis como deudor, ni recabéis interés de él…» (Moffat). El celo reformista de los profetas es no sólo evidente en los mandamientos mismos, sino también en la apelación a la propia experiencia judía de opresión.

[10] Robertson, op. cit., pág. 29.

[11] Isaías, 9: 6?7. Versión Autorizada. Empleo la V. A. aquí porque, aunque no es tan clara como la de Moffat, es más noble. Se trata además del pasaje que Haendel puso en música (¡y cuán maravillosamente captó los ritmos de la prosa jacobea!). La versión de Moffat muestra de modo más lúcido, que el Mesías había de ser «un consejero maravilloso, un héroe divino, un padre para siempre, un príncipe pacífico». Como señala Robertson (op. cit., pág. 36 n), el pequeño himno ha sido interpolado entre dos pasajes «totalmente tenebrosos» y de denuncia fiera, y no pertenece al Isaías original.

[12] Macabeos, I, 14: 12. Citado por Robertson, op. cit., pág. 49.

[13] Ibíd., pág. 50.

[14] Papias, obispo de Hierápolis, que escribió hacia el año 130 d. de C., dice que «Marcos se convirtió en el intérprete de Pedro y escribió cuidadosamente todo lo que recordaba sin relatar, ordenadamente las cosas dichas y hechas por el Señor.» La obra de Papias, Exégesis de las Sentencias del Señor, se ha perdido, pero se conserva su cita en la Historia Eclesiástica de Eusebio, 3, 39, 15. Lo he tomado de Johannes Quasten, Patrology (Bruselas, Spectrum Publishers; n. d.). Vol. I, pág. 83. La razón para fechar los Evangelios después del año 70 d. de C. está en que contienen relatos de la destrucción de Jerusalén, por el ejército romano mandado por Tito, que tuvo lugar en aquel año. Los relatos están puestos en boca de Jesús como profecía, pero debemos seguir la regla según la cual toda profecía que es al mismo tiempo detallada y precisa ha sido escrita después del acontecimiento. Más aún, algunos de los detalles concuerdan con el relato de Josephus en La Guerra Judía, libro V, capítulos 10?13.

[15] Cf. Mateo, 26: 69?75; Marcos, 14: 66?72; Lucas, 22: 54?62: Juan, 18: 25?27.

[16] Mateo, 27: 15?26; Marcos, 15: 6?15; Lucas, 23: 18?23; Juan, 18: 39?40.

[17] Mateo, 11: 12. Traducción de The New English Bible (Oxford and Cambridge University Presses, 1961), pág. 20. Aunque no soy un experto en esta materia, tengo la impresión de que el tono de esta traducción se acerca más que los demás al del original griego. En todo caso, este pasaje es, en cierto modo, menos vigoroso que el traducido en la «Revised Standard Verson», que dice: «…y el reino de los cielos ha sido violentado, y hombres violentos lo toman por la fuerza». Las palabras clave son en griego ???????? ( = sometido a la violencia»), ?????? ( = «hombres violentos») y ?????????? ( = «asediándolo», como hicieron precisamente las harpías).

[18] Lucas, 16: 16 NEB «Afanarse por entrar», es nuestro ya conocido ???????? .

[19] Versículos 26?27: «…el más grande de entre vosotros que se comporte como si fuera el más joven, y el más poderoso como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que se sienta a la mesa o el que le sirve? Sin duda el que se sienta a la mesa. Pero yo estoy aquí, entre vosotros, como un servidor». NEB.

[20] Versículo 30. NEB.

[21] Versículos 35?38. NEB. Desde el punto de vista de un gobierno, «proscritos» (??????) es un término apropiado para los revolucionarios.

[22] La preposición «con» es una errata famosa del texto original de la Versión Autorizada (1611). Se quería decir «por».

[23] Debo esta idea al Profesor J. Spencer Kennard.

[24] El Ojo de la Aguja era, según me han dicho, el nombre jocoso de una puerta de Jerusalén especialmente estrecha.

[25] Marcos, 10: 29?31. NEB. Subrayado del autor.

[26] Lucas, 23: 5. NEB.

[27] Lucas, 23: 31. Traducción del autor.

[28] Mateo, 8: 28?32.

[29] Gálatas, 1: 15?16: «Pero entonces Dios, que me había ya apartado al nacer y llamado por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su hijo para que lo predicase entre los Gentiles». NEB. La Epístola a los Gálatas es de Pablo o de alguien muy próximo a él, por lo que parece una fuente digna de crédito.

[30] Corintios, I, 6: 3. NEB. La verdadera intención de esta nota era la de animar a los cristianos a resolver entre ellos sus diferencias sin llegar a pleitear en los tribunales paganos.

[31] Samuel Sandmel, The Genius of Paul (Nueva York, Farrar, Straus and Cudahy, 1959), pág. 16.

[32] Anales, XV, 44: «cuncta undique atrocia aut pudenda confluunt celebranturque».

[33] La famosa historia de la conversión, digna del talento narrativo de Lucas, aparece en Los Hechos en tres ocasiones (9: 1?9, 22: 6?11, 26: 12?18), y en la tercera con adornos que confirman la «misión entre los Gentiles». Sin embargo, la historia es pura invención, y no únicamente porque relata un milagro. En Gálatas, I: 13?17, no aparece esta historia, y, además, se dice que Pablo no fue a Jerusalén hasta tres años después de su conversión, mientras que Los Hechos reducen este tiempo a unos pocos días.

[34] Corintios, I, 7: 10, que repite la declaración de Jesús contra el divorcio.

[35] Corintios, I, 1: 27. NEB.

[36] Los Hechos, 17: 32. «Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, algunos se burlaban y otros decían: “Te oiremos sobre este tema en otra ocasión”.» NEB.

[37] Gálatas, 5: 12. Interpretación del autor, que considera libre pero precisa.

[38] Corintios, I, 1: 23. NEB.

[39] Romanos, 7: 14?16 y 21?23. Compárese con el famoso lamento de Ovidio: Video meliora proboque / Deteriora sequor. Metamorphoses, VIII, 17.

[40] Romanos, 4: 16. NEB.

[41] Etica a Nicómaco, 1107, a.

[42] Corintios, I, 6: 9?10.

[43] Corintios, I, 7: 1. «Es algo bueno para el hombre no conocer mujer.» NEB.

[44] Ibíd., versículo 9. NEB.

[45] Ibid., versículo 5. NEB.

[46] Vid. Corintios I, 8, passim. Vale la pena hacer notar que los mandamientos mezquinos son, sin duda, interpolaciones tardías. La famosa prohibición de predicar para las mujeres (Corintios I, 14: 34?35), que tantos estragos ha causado en las iglesias cristianas, a partir de entonces, es una de estas interpolaciones. En Corintios 11: 2?16 se especifica que las mujeres que rezan o profetizan deben llevar velos. Ésta era la práctica original, que fue «corregida» por cierta mano posterior.

[47] Los pasajes de que se trata son, respectivamente, Corintios I, 15: 21?22 y 45?49; Romanos, 8: 15; Marcos, 1: 11; y Corintios I, 12: 12?27. Este último, un brillante discurso de teoría política, acaba con estas palabras: «Ahora sois cuerpo de Cristo, y cada uno de vosotros un miembro u órgano de éste». NEB.

[48] Corintios I, 14: 40. NEB.

[49] Ibíd., 12: 4?5. NEB.

[50] Ibíd., II: 33?34. «Por ello, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros. Si estáis hambrientos, comed en casa, para que al reuniros no seáis juzgados.» NEB.

[51] Ibíd., 11?18. «He oído que, cuando os juntáis en la iglesia hay entre vosotros disensiones; y creo que hay algo de verdad en ello (porque las disensiones son necesarias aunque sólo sea para que se manifieste quienes son los miembros probados).» NEB. ¡Qué gran sabiduría de organizador hay en este paréntesis!

[52] Ibíd., 15?12. «Y si lo que proclamamos es que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de los muertos»? NEB.

[53] Ibíd., 15: 51?55.

[54] Anales XV, 44: «…haud perinde in crimine incendii, quam odio humani generis, convicti sunt».

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